REFLEXION SOBRE MI PRACTICA
DOCENTE
Trabajo presentado en el
Módulo de Práctica Docente
Presentado por:
Alejandro Rico Méndez
Profesor:
Juan Moncayo

UNIVERSIDAD COOPERATIVA DE COLOMBIA
ESCUELA DE POSGRADOS
MAESTRIA EN EDUCACION
Bogotá D.C., Marzo de 2015
Introducción
Para
Blaise Pascal y mucho más recientemente para Edgar Morín, todo lo que existe es
producto de un largo proceso histórico y de una compleja red de interrelaciones
entre elementos de diferente orden (físicos, químicos, biológicos, sociales,
culturales y políticos, entre otros), cuyo carácter intrínseco en consecuencia,
sólo es posible aprehender desde una perspectiva interdisciplinaria (García,
1994). Siendo consecuentes con esta
postura ontológica y epistemológica, la Cibernética Social, hace una llamado a
estudiar los fenómenos educativos teniendo presente la complejidad de los
actores educativos, cuyo comportamiento es producto de la interacción entre la
razón, las emociones y los instintos, valga decir de la influencia recíproca
entre el cerebro racional, emocional y operativo (Velandia, 2005:6). Partiendo
de esta concepción de la realidad a continuación haré una serie de reflexiones
sobre mi práctica docente desde los referentes de la teoría tricebral, pero
haciendo énfasis en el cerebro emocional.
Una
de las variables fundamentales para explicar la calidad educativa en cualquier
institución, al margen de lo que se entienda por este concepto, es la docencia
(Fundación Compartir, 2014: 19-20). Por ello, en el ámbito de la educación
superior cada vez más se trabaja para cualificar a los profesores mediante el
uso de diversas estrategias, pues las universidades se han percatado que ser un
profesional altamente calificado, no es suficiente para ser un buen maestro,
puesto que las competencias que se requieren en el campo profesional, suelen
ser muy diferentes a las que se necesitan en la educación (Jennings y
Greenberg, 2009: 496).
Lastimosamente,
estas capacitaciones, se centran casi que exclusivamente en el fortalecimiento
de las destrezas y habilidades académicas entendidas desde un sesgo
racionalista, que menosprecia el desarrollo de las habilidades socioafectivas.
Esta situación se puede apreciar cuando por ejemplo, se observa que en el
documento “Política y
Sistema Colombiano de Formación y Desarrollo Profesional de Educadores” (MEN,
2012), las palabras emoción, afectivo y sentimiento aparecen una sola vez a lo
largo de las 258 páginas que conforman el texto. Lo
anterior se debe en parte, a que convencionalmente se ha pensado, sobre todo en
el sistema educativo tradicional, que los procesos racionales y emocionales son
dos facetas humanas totalmente diferentes y en muchos casos hasta excluyentes
(Grewal y Salovey, 2005:330). Esta concepción explica la poca atención que de
forma tradicional se le ha prestado a las emociones en los procesos de
aprendizaje, lo sobrevalorado que ha sido el coeficiente intelectual, al igual
que las diferentes estrategias que durante siglos se han empleado para que las
emociones no “interfieran” con las dinámicas educativas.
Esta forma de
comprender la educación y los procesos de aprendizaje, es un gran error a la
luz de los avances más recientes de la neurociencia y la psicología educativa,
pues gracias a los trabajos de neurocientíficos como Antonio Damasio, cada vez
es más evidente que la razón y la emoción están estrechamente relacionadas, y
que de hecho los procesos de aprendizaje difícilmente serían posibles sin la
participación de ambas facultades. La revisión minuciosa de la bibliografía
existente sobre la relación entre la razón y la emoción, permite concluir que
contrario a lo que suele pensarse, las emociones tienen un papel determinante
en los procesos de aprendizaje, inclusive en los ámbitos universitarios (Rico,
2014).
Precisamente
yo he sido víctima y victimario de este sistema educativo que de forma
convencional privilegia los aspectos racionales en detrimento de las demás
dimensiones del ser humano. Victima pues durante años, sobre todo en la
universidad fui forzado a concentrarme en el fortalecimiento de una serie de
competencias académicas supremamente importantes para mi desempeño profesional,
pero a costa del descuido de otras dimensiones de mi desarrollo como la
relacionada con mis competencias socioafectivas. Victimario porque una vez
asumí mis labores de docente, sin darme cuenta lo que con frecuencia hice fue
reproducir los mismos sistemas de formación con los estudiantes que estaban a
mi cargo, dándole prioridad al fortalecimiento de las habilidades académicas
tradicionales y favoreciendo la competencia entre ellos, muchas veces a costa
de su bienestar físico y psicológico, valga decir a costa de su felicidad.
Como
sabiamente lo señala el escritor colombiano Willian Ospina en su escrito Preguntas para una nueva educación “El
tema de la felicidad no suele considerarse demasiado en la definición de la
educación, y sin embargo yo creo que es prioritario” (2010). De la misma forma
que la educación se preocupa por formar personas competentes, debería esmerarse
por formar personas que sean capaces de disfrutar de una vida feliz. Pero no a
la felicidad efímera a la que nos tiene acostumbrados la sociedad de consumo
contemporánea, sino a una felicidad que se simiente en el desarrollo integral
del enorme potencial que poseemos todos los seres humanos. Con respecto a este
punto, he conocido muchos estudiantes que comienzan a estudiar una carrera
porque es rentable, aun a costa de su realización personal. Pero como lo señala
el maestro Ospina: “No se trata de escoger profesiones rentables sino de volver
rentable cualquier profesión precisamente por el hecho de que se la ejerce con
pasión, con imaginación, con placer y con recursividad” (2010). En el modelo de
desarrollo actual y en los sistemas educativos que contribuyen a reproducirlo,
los valores de la rentabilidad y la productividad, deben reemplazarse con los
de la solidaridad, la conservación, la armonía socioambiental y desde luego la
realización personal.
Hoy
en perspectiva, y consciente de la importancia de la formación integral dentro
los procesos educativos, reconozco que es fundamental replantear mi práctica
académica, para que esta responda a la multidimensionalidad del ser humano y
para que esta no contribuya a seguir reproduciendo el actual sistema económico
basado en la competencia. Citando al profesor Crisanto Velandia la educación “exige una re-visión del mundo,
del ser humano y de la educación desde una perspectiva sistémica, cibernética,
holística, interdisciplinaria, triádica, tricerebral y de transformación
social” (2005:6) y a través de mi paso por la maestría yo pretendo contribuir,
por lo menos dentro de mi ámbito de acción, a que dicho cambio se dé.
¿QUIÉN SOY YO?
Soy
un profesional egresado de una facultad de sociología con deseos de contribuir
a través de mi trabajo a la construcción de una sociedad más justa e incluyente
donde las personas cuenten con las condiciones necesarias para desarrollar su
enorme potencial. Fue esa la razón por la que escogí esta profesión, pero
desafortunadamente durante mi proceso de formación, los aspectos racionales se
valoraron enormemente, en detrimento de otras dimensiones igualmente
importantes de mi desarrollo humano. Por ello como egresado sufrí durante
varios años, las consecuencias de tener un cerebro bien puesto y un corazón maltrecho.
Es decir, a lo largo de mi ejercicio profesional y docente en particular, viví
en carne propia las adversas consecuencias de “saber mucho”, pero no saber
relacionarme de forma constructiva y duradera con mis compañeros, lo que
terminó en varias ocasiones por constituirse en un obstáculo laboral por un
lado, y en un fuente de profundas insatisfacciones personales por el otro. Con
el transcurrir de tiempo me di cuenta que esta falencia socioafectiva que
caracterizó mi proceso formativo, no era un problema solo mío sino una generalidad
dentro de la institución que me formó. Hoy en día, gracias a mi trabajo tengo
la oportunidad de contribuir a la superación de este sesgo en los procesos de
formación de mi Alma Matter, con las
maravillosas consecuencias que de allí se derivan.
¿QUÉ SÉ?
Gracias
a mi experiencia de vida y al conocimiento que tengo sobre el tema, sé que para
triunfar en la vida, ser felices y ejercer con idoneidad una determinada
profesión no basta con saber. Además es necesario saber ser persona, y para
ello se necesita cultivar con ahínco las competencias socioemocionales que son
las que nos permiten vivir en sociedad. Esto que suena muy bonito, pero que
eventualmente puede sonar muy romántico, ha sido estudiado y corroborado
ampliamente por la psicología a lo largo de las últimas décadas, tal como
sucintamente se ilustra a continuación.
Como
ya se señaló, desde los años 70 diversos neurólogos y neuropsicólogos alrededor
del mundo, comenzaron a investigar las relaciones entre el aprendizaje, la
inteligencia y las emociones. En sus trabajos estos científicos encontraron que
el cerebro está dividido en tres partes, las cuales interactúan de forma
constante, por lo que su funcionamiento es interdependiente: el cerebro
primitivo o instintivo, el emocional y el racional. Los fuertes vínculos que
existen entre estos tres cerebros, para utilizar la terminología propia de la
Cibernética Social, han sido confirmados mediante el uso extenso de tecnologías
como la resonancia magnética funcional y la tomografía por emisión de positrones.
Gracias a este tipo de estudios, se ha encontrado que el sistema límbico, que
es la parte del sistema nervioso encargada de procesar las emociones, no
funciona de forma completamente autónoma, lo que le permite a las personas con
las herramientas adecuadas, ejercer cierto control sobre su funcionamiento y
por ende escoger cómo reaccionar frente a determinados estímulos del ambiente.
A esta habilidad de percibir, valorar, expresar y manejar las emociones se le
denomina inteligencia emocional (Mayer y Salovey, 1997), y diversas
investigaciones han demostrado reiteradamente que esta destreza es tan
importante como el coeficiente intelectual en la vida de las personas (Goleman,
2007).
omo
se acaba de reseñar, los avances más recientes en diversas áreas de las
ciencias de la educación, han permitido corroborar, lo que algunos profesores
ya sospechaban desde hace tiempo: que la razón y la emoción están estrechamente
relacionadas en los procesos educativos (Freire, 1996:146, citado por Azevedo y
Fraga, 2009:140). De hecho, existen estudios que señalan que la docencia, es
uno de los trabajos que mayor inteligencia emocional requiere. De manera
puntual, en la esfera universitaria se ha podido establecer que a mayor
inteligencia emocional entre los maestros, mayor rendimiento académico (Hué,
2013:54). El profesor Kein Bain (2007), quien durante décadas ha tratado de
identificar las características de los mejores profesores universitarios en
diversas instituciones de los Estados Unidos, señala que uno de los rasgos esenciales
de los mejores docentes, es su capacidad para cautivar y enamorar a sus pupilos
de su asignatura.
Para concluir es necesario señalar que el
fortalecimiento de la inteligencia emocional entre los maestros, también tiene
impactos muy significativos sobre su calidad de vida. Así por ejemplo, un
estudio llevado a cabo por Viloria y Paredes con profesores universitarios,
concluyó que los docentes con bajos índices de inteligencia emocional “en su
conjunto presentan un grado medio de Burnout, caracterizado por niveles
medios de Despersonalización, niveles medios de Agotamiento Emocional y niveles
medios de Autoestima Profesional” (2002:33). De lo
anterior, se puede concluir que es fundamental incluir dentro de los currículos
de formación docente temas relacionados con el desarrollo de su inteligencia
emocional, dándole la misma importancia que tienen la formación pedagógica y
didáctica. Desde luego este interés está directamente relacionado con el
llamado de la Cibernética Social a cultivar con armonía los tres cerebros.
¿QUÉ PUEDO HACER?
Como
ya lo había señalado con antelación, hoy en día, gracias a mis experiencias de
vida y a mis conocimientos sobre el tema, puedo contribuir al fortalecimiento
de los procesos de educación socioemocional dentro del ámbito educativo en
general, y dentro del ámbito universitario en particular. Precisamente mi
proyecto de grado, básicamente consiste en identificar el perfil socioafectivo
de un grupo de docentes, para diseñar de acuerdo a los resultados obtenidos un
plan de formación que les permita fortalecer aquellas dimensiones que más lo
necesiten, con el fin de contribuir de este modo al mejoramiento de su práctica
docente y de su bienestar físico y psicológico. Dicho en otros términos, la
idea con este trabajo es contribuir al desarrollo equilibrado de las tres
funciones básicas de sus cerebros, para avanzar hacia la consolidación de una
educación integral de calidad, donde la dimensión social y emocional, tengan
tanta importancia como la racional y la operativa.
Dicho
esto, quiero dejar en claro que en lo que queda del desarrollo de este punto ¿Qué puedo hacer?, tomaré como punto de
referencia básico el escrito del William Ospina, pues me parece que este se
ajusta perfectamente al objetivo de este ejercicio de autorreflexión:
desnaturalizar nuestra práctica docente y reflexionar sobre ella para
identificar a que modelo de sociedad consciente o inconscientemente le estamos
apostando con nuestra forma de concebir y ejercer la docencia.
Una
de las consecuencias derivadas de focalizar los procesos educativos en los
aspectos racionales y operativos, es que con frecuencia fomentamos la
competencia y el individualismo exacerbado. Como lo señala Willian Ospina “La
lógica darwiniana se ha apoderado del mundo” (2010), y el ámbito educativo no
es la excepción como lo deja claro el uso cada vez más frecuente de términos
como “competencia”, “carrera” y “calidad”. Lo paradójico es que mientras que
los modelos educativos continúan reproduciendo esta lógica, muchos biólogos y
ecólogos de vanguardia se han percatado de que con frecuencia en la
supervivencia de una especie, pesa más la cooperación entre los individuos, que
la supremacía individual. Hoy cuando vemos que la mayor parte del éxito de las
personas se construye a partir de la miseria de la mayoría, y cuando el
mejoramiento de “la calidad de vida de una sociedad” se erige sobre la
destrucción de la naturaleza, la sociedad en general y los educadores en
particular deberíamos reformular nuestros modelos pedagógicos a la luz de estos
nuevos hallazgos. Esta forma darwinista de concebir los procesos de formación
lleva a docentes y estudiantes mantener “una separación demasiado marcada entre
los medios y los fines, entre el aprendizaje y la práctica, entre los procesos
y los resultados” (Ospina, 2010). Cuando aprender debería ser un fin en sí
mismo, una forma de alcanzar la realización personal, y no un simple un medio
para obtener un cartón.
Pese
a las reflexiones anteriores, reconozco que con frecuencia en el desarrollo de
mis practicas docentes, consciente o inconscientemente promuevo la competencia
y el triunfo de los estudiantes más juiciosos e inteligentes sobre los demás y
que incluso de vez en cuando les reprocho a estos últimos su bajo rendimiento.
En ese sentido, mi reto como docente consiste en hacer coincidir mi discurso,
con las dinámicas que tienen lugar en mi clase, de tal forma que unas y otras
se complementen.
Un
problema estrechamente relacionado con lo dicho hasta ahora, es el tema del
trabajo en equipo, pues con frecuencia y de forma paradójica en nuestro país,
sumar talentos significa restar resultados, con las consecuencias que esto
implica a nivel educativo, laboral y económico. Lastimosamente superar este
escollo en el aula de clases no es nada fácil, pues con frecuencia he observado
como el rendimiento, el interés y el trabajo de los estudiantes, disminuye
cuando se tiene que trabajar en grupo, pues entre otras cosas la
responsabilidad se diluye, lo que conlleva a que unos pocos se hagan
responsables de la mayor parte del trabajo. Por lo anterior, idear estrategias
de trabajo cooperativo, donde las diversas habilidades e intereses de los
integrantes de un grupo se complementen, es uno de los retos que en general los
docentes tenemos que asumir. Sin embargo, ¿Cómo lograr enseñar aquello que en
los que nosotros mismos no tenemos fortalezas?
Otro
de mis retos como docente, está relacionado con el hecho de vivir en la
sociedad de la información, que no es lo mismo que la sociedad del
conocimiento. Hoy en día cuando las diversas fuentes de información nos asedian
por todas partes gracias a los sorprendentes avances de las tecnologías de la
información, fácilmente podemos creer en el espejismo de que vivimos en una
sociedad donde con solo hacer un click podemos acceder libremente a la
información. Lo que la mayor parte de las personas solemos ignorar es que lo
que nos llega es la versión oficial de los acontecimientos, la historia contada
por los vencedores, que tiende a desconocer o tergiversar la de los oprimidos,
y que por ende poco y nada tiene que ver con la verdad de lo hechos.
Y
como si esto ya fuera poco, las personas del común se atosigan cada vez más con
frivolidades como las que caracterizar las secciones de farándula y los
realities, entre otras cosas porque son las que más llaman la atención, en
detrimento de los verdaderos espacios culturales que propician reflexión
analítica, propositiva y transformadora, que con frecuencia son los que menos
audiencia convocan. Aquí se hace evidente que cuando las cosas, en este caso la
televisión, pero igual sucede con la educación, están “demasiado gobernadas por
el lucro no pueden educarnos, porque están dispuestas a ofrecernos incluso
cosas que atenten contra nuestra inteligencia si el negocio se salva con
ellas”. En este contexto, la información abunda, pero el objetividad escasea;
mientras que los medios de información proliferan sin cesar, las fuentes de
opinión serias, confiables e
independientes agonizan.
Si
es verdad hoy en día nos movemos en un inconmensurable mar de información, pero
sin las herramientas adecuadas la mayor parte de las personas corre el riesgo
inminente de naufragar en la ignorancia de las frivolidades, o peor aún en la
falsedad de una sabiduría superficial.
He ahí el peligro de dejar la educación y la cultura bajo las riendas
del mercado; he ahí nuestro reto como educadores de la era de la información. En
este contexto, uno de los mayores retos que tememos los docentes es el de ir
“reemplazando tantas vanas certezas por algunas preguntas provechosas. Y tal
vez lo mejor que podría hacer la educación formal por nosotros es ayudarnos a
desconfiar de lo que sabemos, darnos instrumentos para avanzar en la
sustitución de conocimientos” (Ospina, 2010).
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